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El fracaso, la clave del éxito: el mensaje urgente de un psiquiatra

La obsesión por proteger a nuestros jóvenes de cualquier tropiezo, de toda frustración, está generando una generación temerosa al riesgo. Así lo sostiene el psiquiatra italiano Paolo Crepet, quien advierte que evitar el error es, paradójicamente, el camino más seguro hacia la mediocridad.

El espejismo de la sociedad sin obstáculos

Crepet no es el primero en señalar esta tendencia, pero su diagnóstico social resuena con especial fuerza en un contexto donde la IA, lejos de mejorar la productividad y el empleo, según admiten miles de empresarios, está poniendo en tela de juicio la propia naturaleza del trabajo. Pero, ¿cómo llegamos a este punto? La respuesta, según el experto, radica en la creación de entornos artificialmente seguros, donde la dificultad es vista como un enemigo a evitar a toda costa.

La cifra habla por sí sola: un creciente número de jóvenes recurren a psicólogos no para solucionar problemas reales, sino para lidiar con la ansiedad generada por la presión de la perfección. La ironía es palpable: buscamos el bienestar emocional a través de la vía rápida, ignorando que el verdadero crecimiento reside en la capacidad de levantarse después de caer.

La lección japonesa: caer siete veces, levantarse ocho

La lección japonesa: caer siete veces, levantarse ocho

La metáfora japonesa que Crepet utiliza, “caer siete veces y levantarse ocho”, encapsula a la perfección esta filosofía. No se trata de glorificar el fracaso, sino de entenderlo como una fase inevitable del proceso de aprendizaje. Es en la adversidad donde forjamos nuestra resiliencia, donde desarrollamos la capacidad de adaptarnos y de perseverar ante la incomprensión.

El sistema educativo, en particular, debería replantearse su enfoque. No basta con transmitir conocimientos; es fundamental preparar a los estudiantes para afrontar la frustración, para gestionar los errores y para asumir las consecuencias de sus decisiones. Eliminar el error del proceso de aprendizaje es, en última instancia, amputar una parte esencial de la formación de la personalidad.

Lo que nadie cuenta es que la verdadera fortaleza no reside en la ausencia de caídas, sino en la velocidad y la determinación con la que nos levantamos. El fracaso, lejos de ser un punto final, es simplemente un desvío en el camino, una oportunidad para recalcular la ruta y volver a intentarlo con más experiencia y sabiduría. La vida, como bien sabe cualquier emprendedor, rara vez sigue una trayectoria lineal. Y es precisamente en esos momentos de incertidumbre donde se forjan los líderes.