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Robots en airbnb: la pesadilla de un anfitrión y el coste de la innovación

Sean Donovan, un anfitrión de Airbnb en San Francisco, ha descubierto que la fiebre por la inteligencia artificial tiene un precio muy alto: su casa familiar, ahora marcada por el paso de unos robots rebeldes que simulaban ser el personal doméstico perfecto.

El experimento fallido que destrozó un hogar

The Bot Company, una startup de robótica con más de 300 millones de dólares en financiación, decidió que el apartamento de Donovan era el escenario ideal para poner a prueba sus prototipos. La idea era simple: simular un entorno doméstico real y observar cómo sus robots, descritos por Donovan como “Roomba con orugas” de casi dos metros de altura, realizaban tareas cotidianas. Pero la ejecución fue, cuanto menos, desastrosa. Las cámaras Ring de seguridad grabaron escenas surrealistas: trabajadores turnándose para supervisar a los robots, mientras estos reordenaban muebles, desaparecían objetos de cajones y dejaban a su paso un rastro de caos.

Donovan, que alquilaba la vivienda sin incidentes desde hacía años, se topó con la realidad al revisar las grabaciones. “Fue como si hubieran estado viviendo allí, pero con una lógica completamente ajena a la humana”, relató a SFGate. “Los cubiertos estaban en un cajón diferente, las cosas estaban en lugares insólitos… todo había sido alterado por la lógica fría de una máquina.”

Una lista de daños que supera los 12.000 dólares

Una lista de daños que supera los 12.000 dólares

La lista de desperfectos es extensa: un juego completo de cerámica desaparecido (probablemente utilizado como blanco de entrenamiento para el brazo robótico), baldosas agrietadas, una mesa de centro abollada, una taza rota y, para colmo, un zapatero sustraído. La factura total asciende a más de 12.000 dólares, una cifra que Donovan reclama a The Bot Company a través de una demanda judicial.

La empresa, fundada por Kyle Vogt, el mismo cerebro detrás de Cruise, parece haber priorizado el ahorro de costes sobre la protección de la propiedad ajena. En lugar de construir un laboratorio de pruebas propio, optaron por la solución más barata: alquilar un apartamento y convertirlo en un campo de batalla para sus robots.

Pero la historia de Donovan va más allá de un simple incidente doméstico. Plantea interrogantes sobre los límites de la experimentación tecnológica en entornos residenciales y la responsabilidad de las empresas que impulsan la revolución de la IA. Mientras la industria se obsesiona con la creación de robots domésticos capaces de realizar nuestras tareas, ¿estamos dispuestos a asumir el riesgo de que estos dispositivos, aún en fase de desarrollo, causen estragos en nuestras vidas?

La demanda de Donovan no solo busca una compensación económica, sino también una reflexión sobre el precio real de la innovación. Porque, a veces, el futuro llega con arañazos en los muebles y manchas de agua en las paredes.